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El tren no volverá. Memorias de Pisagua

Cultura

 | 24/01/2017

Por: Francisca Márquez

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José Miguel Muñoz, Hugo Pizarro y Gabriel Sánchez / Ril Editores, Santiago, 2016, 252 páginas.
De pueblos olvidados está hecha nuestra América Latina. Son los pueblos que concentraron en algún momento sueños y utopías de viajeros, de emprendedores en busca de oro y riquezas. Pero también campos fértiles para los horrores de dictadores y torturadores. Esta es la historia de Pisagua. Rodeado por cerros y desierto, este pueblo permanece detenido en su geografía, en el tiempo y en el olvido. 
El libro que aquí comentamos es una arqueología cuidadosa de esos retazos del olvido y sus memorias que permanecen. Un libro hecho de frágiles recuerdos y que los autores hilvanan en busca de una trama que permita configurar el relato que subyace entre las arenas. 
Paradojalmente, como bien dicen estos jóvenes antropólogos, en Pisagua se concentra la historia de muchos y también la historia de Chile; la de los desastres naturales, de la gloria extractiva del guano, del auge del salitre, de la utopía industrialista y también de los horrores de la dictadura. Cuentan que en Pisagua al principio fue el mar que cubrió todo y obligó a rehacerse una y otra vez; pero luego fue la arena que cubrió los rieles, el ferrocarril, el teatro, las bodegas del guano y el salitre; años más tarde nuevamente el mar y la arena, que tragaron los cuerpos de fusilados y torturados. 
Transformada a lo largo de su historia en campo de concentración, durante los gobiernos de Carlos Ibáñez del Campo, Gabriel González Videla y del dictador Augusto Pinochet, Pisagua tiene dificultades para identificarse con su propia historia: las dictaduras siempre dejan heridas en su interior, vergüenzas y ocultamientos que rompen las confianzas básicas entre vecinos, aunque también marcan los espacios en sus usos y sus significaciones. En Pisagua todos saben que en el pueblo murió gente en la dictadura y que allí hubo mucha maldad. Se cuenta también que vecinos prestaban sus botes para ir a tirar cuerpos al mar, y que algunos encontraron muertos bajo el mar, todos amarrados con cadenas bajo el agua. En las playas de Pisagua los cadáveres hablaban. Y ese horror sea talvez el que permita comprender el silencio y que en aquellos tiempos, la gente se quedara tranquila, respetando los toques de queda. Porque no solo los cuerpos bajo el mar o sobre la arena atemorizaban. También los edificios, que antes eran orgullo del pueblo y testimonio de un pasado mejor, fueron marcados con esa misma sangre. 
Pero este libro deja también entrever que hay otro dolor más profundo, como es el dolor de la provincia, de los que se saben olvidados. En estos términos, Pisagua podría ser también Dawson, Chacabuco, Pueblo Hundido, Diego de Almagro, Pozo Almonte y tantos otros pueblos que sirvieron de centros de detención y tortura. Comunidades que resistieron silenciosamente al horror de esos tiempos. Pero, como nos recuerda Jorge Montealegre (2015), en esos silencios y olvido, siempre subyace la vergüenza. ¿Cómo lo cuento? ¿Cómo no recordarlo? El olvido tiene que ver con esa vergüenza y culpa del apoyo tácito, de no atreverse a preguntar, a mirar, por miedo. De allí que algunas memorias oculten y eclipsen a otras. Y entonces, ¿cómo exorcizo esas vergüenzas y esas verdades inadmisibles? 
Hacer a Pisagua parte de todo y de todos es el gran logro de este libro, que constituye en este sentido un ejercicio de sanación, frente a lo que el fotógrafo Patricio Marchant ha llamado la pérdida del habla. Los relatos fragmentados de estos habitantes, nos advierten que de la historia no se puede escapar. Como hiciera Patricio Guzmán en su película La Nostalgia de la Luz (2010), este libro emprende un viaje hacia el espacio de amnesia que es la historia de Chile, merodeando en esos retazos de memoria para recuperar los sueños de justicia social que yacen aún en las secas tierras de Pisagua. Esta obra es parte de este salvataje y recomposición de las memorias quebrantadas, tarea que estos tres jóvenes antropólogos han emprendido con empeño y profundo compromiso con todos los pueblos olvidados de Chile.