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Mi música del año 2016

Cultura

 | 24/01/2017

Por: Fernando Berríos M.

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En mi lista de novedades musicales de 2016 figuran 41 discos.
En mi lista de novedades musicales de 2016 figuran 41 discos. Ellos son solamente los que valoré como verdaderos descubrimientos. Varios más no calificaron para quedar en la nómina. Rompiendo con una norma que me impuse cuando comencé a escribir estas crónicas musicales, he ampliado el espectro a discos no solo recientes, para poder destacar otros que por su especial calidad merecen ser rescatados del olvido. ¿Cuáles han sido, para mí, los dos mejores del año o los que más me han impactado? Casi me arrepiento de este ejercicio, por su tremenda dificultad, pero ya es tarde. El editor me acecha. Así que me pongo de rodillas para pedir perdón a los grandes músicos que no destacaré (Edward Simon, Kait Dunton, Lori Cullen, Massimo Colombo y su espléndido homenaje a Burt Bacharach, Suzanne Vega, David Brito, Fourplay, Leonard Cohen…) y me comprometo en la elección.
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Ivan Paduart & Quentin Dujardin: Catharsis (2016). Ivan Paduart (piano) y Quentin Dujardin (guitarras) son dos músicos belgas. Ya hemos comentado antes, a propósito de las grabaciones de Pat Metheny y Brad Mehldau, la especial complejidad técnica de la conjunción de estos dos instrumentos, por su diferencia en potencia y sonoridad y, sobre todo, porque ambos suelen ser usados más bien como base armónica para el lucimiento de otros instrumentos. Paduart y Dujardin se equiparan a sus colegas estadounidenses en el éxito de la empresa. La producción está basada en una serie de piezas de su propia autoría, la mayoría de ellas de Paduart. Dujardin aporta tres temas. Uno de ellos llamará especialmente la atención: “Retrouvailles”. Es una acuarela en la que los músicos logran, en solo tres minutos y catorce segundos, trazos de arpegios nítidos y tan bien complementados, que a ratos parecen fundirse. Pero, además, en este y en varios otros temas, se manifiesta que estos belgas no están solos, sino acompañados y sostenidos por músicos notables y, con razón, afamados: Richard Bona en los contrabajos y en complementos vocales, Olivier Ker Ourio en armónica cromática, Bert Joris en trompeta, y en la batería el gran Manu Katché. Los tres primeros siguen a los anfitriones en el desarrollo de un estilo atravesado por la austeridad y la economía de notas. El complemento lo pone Katché, que se caracteriza, por el contrario, por un talento y una creatividad tan enormes, que la batería se transforma en una especie orquesta en sí misma. El director que lo requiera deberá asumir que está contratando a un músico que es mucho más que un percusionista. Con él la batería canta y se despliega en una infinidad de recursos sonoros. Un disco para melómanos, pero no necesariamente para iniciados. Solo para gente que sabe captar el matiz entre lo bueno y lo excelente.
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Akiko Yano: Love Life (1991). Otro gran descubrimiento ha sido este ya añoso disco de Akiko Yano, cantante y pianista japonesa. Seguramente es desconocida para la mayoría de los lectores de Mensaje, pero tiene una trayectoria sostenida por 26 grabaciones de estudio. Me la recomendó mi hijo Pablo cuando estábamos en medio del fragor del fin de semestre universitario. Recuerdo haber quedado prendido de sus melodías, de su voz, de sus arpegios en piano, mientras leía y evaluaba innumerables trabajos de mis alumnos, al mismo tiempo que preparaba mis últimas clases, corregía apuntes y daba los últimos toques a un proyecto de publicación. El disco Love Life ya tenía en ese momento 25 años, es cierto, pero a mí solo me trajo novedad y frescura. Para que se hagan una idea, la suya es una música muy cercana a la que hacía por la misma época la británica Kate Bush. No tengo idea de si en ese momento alguna pudo influir en la otra, o viceversa. El trabajo de Akiko Yano está empapado de una poesía difícil de describir. Cuando descubrí el disco, no pude abandonarlo durante mucho tiempo y mi familia me lo hizo notar en almuerzos de sábado en que me distraía de la conversación, embelesado por las melodías de la japonesa. 
La vimos con Pablo hace poco, en un video de aquellos años. Lo que más nos llamó la atención es que la música le brota como el aliento y que toca el piano como quien respira, como si el instrumento fuera una extensión de su cuerpo. Muy corporal y muy vital es, en efecto, su música, y eso ha sido un gran regalo para mí en el año que se fue.
 
Fernando Berríos M. 
(fberriosm@uc.cl)