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Vacaciones y algo más

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 | 19/01/2017

Por: Revista Mensaje

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El descanso puede ser una gran oportunidad para superar la apatía, entusiasmarse con un sentido cívico de patria y asumir un pensamiento capaz de integrar la riqueza de la diversidad.

Las vacaciones son esenciales para el ser humano. En nuestra sociedad tan acelerada, donde uno corre más que camina, bajar el ritmo permite alimentar la propia interioridad, agobiada por los quehaceres del año, y ahondar el encuentro profundo con otros. El descanso permite recuperar el equilibrio entre el “ser” y el “hacer”, de tal manera que desde el “ser” (motivación) se otorga sentido al “hacer” (actividad), permitiendo el “estar” con otros en términos de “encuentro”.

LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO

El filósofo Byung-Chul Han subraya que la característica patológica de la sociedad actual es la enfermedad neuronal, que corroe desde dentro al ser humano y lo hace buscar el éxito en el rendimiento. Por ello, este pensador sugiere una necesaria y urgente vida contemplativa que presupone una particular pedagogía del mirar. Aprender a mirar significa educar el ojo para una profunda y contemplativa atención, para una mirada larga y pausada. En otras palabras, devolver al ser humano la mirada del asombro.

La sociedad del siglo XXI, según subraya este autor, es una de rendimiento, que, a su vez, genera depresivos y fracasados. El síndrome de desgaste ocupacional expresa un sí mismo agotado, un alma agotada y quemada. Es que lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en auto-explotación: “El explotador es, al mismo tiempo, el explotado”.

Byung-Chul Han señala, además, que la duda moderna ha reemplazado al asombro, empobreciendo el estado contemplativo del ser humano y dando lugar a un aburrimiento profundo. La moderna pérdida de creencias, que afecta no solo a lo trascendente sino también a la realidad misma, hace que la vida se convierta en algo totalmente efímero. Nada es constante ni duradero. Hay una desnarrativización general del mundo, que refuerza la sensación de fugacidad y se reacciona con mecanismos como la hiperactividad, y la histeria del trabajo y la producción. “El exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma” (La sociedad del cansancio, Barcelona, Herder, 2012). Aún más, el cansancio de la sociedad de rendimiento es un cansancio a solas, que aísla y divide, destruyendo toda comunidad y toda cercanía.

La hiperactividad nos encierra en un presente frenético que destruye la noción del tiempo, que desaparece y se hace escaso. Los días de descanso recomponen el sentido del tiempo al darse la instancia para ordenar el pasado, reubicar el camino en la vida y, sobre todo, hacerse consciente y agradecer lo que se tiene. También es vital, para tener un presente fecundo, renovar la esperanza, darle sentido a la propia vida y al trabajo, enriqueciéndolos con una verdadera y auténtica proyección.

UN TIEMPO DE FAMILIA

La propia identidad y el sentido de pertenencia tienen una raíz profunda en la familia. Las vacaciones son un momento privilegiado para gozar en ella, para jugar juntos, para estar juntos sin la presión de lo cotidiano. Sin duda alguna, la familia es la primera escuela en la vida. En una primera etapa uno se debe a ella. En una segunda, uno se hace responsable de construir una familia. Y en una tercera etapa uno goza de los nietos, regaloneándolos, sin un sentido inmediato de responsabilidad, salvo el de verlos felices y alegres.

El papa Francisco sugiere tres claves en el proceso de la construcción de la familia. “En la familia es necesario usar tres palabras. Tres palabras: permiso, gracias, perdón. ¡Tres palabras clave! Cuando en una familia no se es entrometido y se pide permiso; cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir gracias; y cuando en una familia uno se da cuenta de que hizo algo malo y sabe pedir perdón; en esa familia hay paz y hay alegría” (Amoris Laetitia, 2016, No 133). En vacaciones se tiene la oportunidad de tener conversaciones gratuitas y profundas. A veces, es el tiempo propicio para un diálogo sobre temas que no se han podido ni querido tocar durante el año. Para los padres es una ocasión de reconocer a sus propios hijos e hijas que van creciendo y teniendo sus propias vidas.

“La gran cuestión”, dice el papa Francisco, “no es dónde está el hijo físicamente, con quién está en este momento, sino dónde está en un sentido existencial, dónde está posicionado desde el punto de vista de sus convicciones, de sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida. Por eso, las preguntas que hago a los padres son: ¿Intentamos comprender dónde están los hijos realmente en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos? Y, sobre todo, ¿queremos saberlo?” (Amoris laetitia, 2016, No 261).

REPENSAR EL PAÍS

Las vacaciones también son un tiempo propicio para repensar el país. El panorama nacional puede no ser el más alentador, pero reconocer el problema es la primera solución y la crítica constructiva con propuestas viables pavimenta el camino a un futuro mejor. Es preciso reformar las instituciones que sustentan la democracia mediante la presencia de personas idóneas con vocación de servicio público. Por cierto, la Comisión Engel ha sido una gran contribución, sea en el diagnóstico como también en las propuestas concretas para transparentar el ejercicio de la política.

Existen dos expresiones de la política (entendida como la construcción de la polis, la ciudad): una ciudadana y otra partidista. En la medida en que la primera se siente representada por la segunda, el régimen democrático funciona bien; por lo contrario, cuando se produce el quiebre entre ambos, se entra en crisis porque la política ciudadana busca otras formas de hacerse presente.

El peligro en este proceso es la violencia y lo que se suele llamar “populismo” (irresponsabilidad fiscal, demagogia, irresponsabilidad institucional, deterioro de la democracia representativa, etnocentrismo heterofóbico...). Pero también puede servir como una oportunidad para reconstruir el puente entre la ciudadanía y el mundo político. Es cierto que han caído los paradigmas tradicionales, pero también es innegable que los pilares sobre los cuales construir un nuevo paradigma están a la vista.

Toda distancia se corrige con la cercanía y todo quiebre se supera con la reconstrucción. La cercanía se construye con dar prioridad a las preguntas de la ciudadanía, antes de proponer respuestas. Se necesita la cercanía del mundo político al ciudadano (un conocimiento en terreno), como también el espíritu de servicio público en cada uno de los políticos (hacerse cargo de las necesidades de la ciudadanía y tener la sabiduría correspondiente para priorizarlas desde el criterio de la vulnerabilidad).

En el fondo, es volver a tener el principio del bien común como eje orientador en la vida social. Esto significa superar la dinámica instalada de la exclusión (Estado o mercado, estatal o privado, trabajo o capital, derecha o izquierda...) para asumir una de integración. Es asumir el bien de la sociedad de manera común: el bien de la sociedad es la meta en torno a la cual se une la sociedad. Esta tarea no implica tan solo al Estado, sino también es un compromiso de la ciudadanía. Las distintas perspectivas enriquecen el cumplimiento de la meta, mientras las ideologías fanáticas dividen y destruyen la sociedad.

Esto significa que, de cara a la elección presidencial, lo que realmente importa son los programas que se proponen, el sueño de país que proyectan. Es la hora de superar toda mentalidad infantil de caudillismo político y asumir la madurez democrática.

El agotamiento que aísla, en medio de la realidad compleja, genera una política cansada que se desvía del camino de configurar una sociedad a partir del criterio del bien común —que prioriza las soluciones, según las necesidades de los más vulnerables—, asegurando de esa manera la inclusión de toda la ciudadanía. El descanso puede ser una gran oportunidad para superar la apatía, entusiasmarse con un sentido cívico de patria y asumir un pensamiento capaz de integrar la riqueza de la diversidad sin caer en descalificaciones ni en divisiones que impiden la realización del hacer de Chile una casa común.

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Editorial de revista Mensaje n° 656, enero-febrero de 2017.