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Así viven “los refugiados del Papa” ocho meses después

Iglesia

 | 20/02/2017

Por: J. Bastante / Agencias

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Los niños estudian, hablan idiomas, tocan la guitarra... Los adultos encuentran trabajo.

Se llama Kudus, tiene 8 años y es una de las doce personas que hace ocho meses se subieron en el avión del Papa Francisco a su vuelta de Lesbos. En mitad de la tragedia, esta niña es una brizna de esperanza para millones de personas en todo el mundo. Perseguidos por unos y taponados por otros. Son “los refugiados del Papa”.

Kudus, entretanto, va al colegio en el Trastevere, acompañada por los profesionales de la Comunidad de San Egidio, y por la tarde va a cursos de guitarra. “Habla ya perfectamente italiano, y ahora hasta español, ya que vive junto con su familia en una congregación de monjas, muchas de ellas latinoamericanas”, explican a Efe desde San Egidio, responsables de los “pasillos humanitarios” que ya han traído a Italia a un millar de personas.

Un modelo que todavía no han conseguido implantar en España, pese a su voluntad, como explicaba recientemente en Religión Digital una de sus responsables, Tíscar Espigares.

Todos los niños y adolescentes de los que llamaron los “refugiados del Papa” hablan ya perfectamente italiano, mientras que los adultos siguen acudiendo a clases de idioma que les proporciona San Egidio, ya que les cuesta algo más aprender.

En su visita el pasado viernes a la universidad estatal Roma TRE, el Pontífice habló a los estudiantes de la necesidad de acogida, pero sobre todo de integración de los inmigrantes.

Entre los estudiantes que le hicieron algunas preguntas estaba Nour Essa, una joven madre de 31 años que también viajó con él desde Lesbos. Nour es licenciada en Agricultura y tiene un máster en Microbiología en Francia, pero de nada le sirvió en una Siria en guerra.

Casada con un ingeniero, Hasan, y madre de Rifat, un niño de casi tres años, ahora estudia en la universidad Roma TRE, y tras optar a un concurso del hospital pediátrico Bambino Gesú, ha conseguido una plaza en el laboratorio de microbiología y análisis.

Ahora podrá mantener sola a su familia sin necesidad de ayuda, que es el objetivo del proyecto de integración de San Egidio, que se encarga de todos los gastos y cursos de formación de estas personas hasta que puedan rehacer completamente sus vidas.

En la última llegada de refugiados sirios con el proyecto de “pasillos humanitarios” del pasado enero, llegó parte de la familia de Nour y Hasan, a la que hacía tres años que no veían, de forma que el pequeño Rifat pudo por fin conocer al abuelo del que lleva su nombre.

Los niños y los adolescentes son los que primero se adaptan a la nueva vida. Abdel Majid, de 16 años, y Rachid, de 19, también han empezado a construir su futuro.

También llegaron con el vuelo del Papa Francisco junto con su hermana y sus padres, con el sueño de poder volver a estudiar, y lo están cumpliendo. Abdel Majid estudia para ser protésico dental y su hermano Rachid sigue un curso de programador informático.

Las familias que vinieron con el Pontífice, pero también el resto de los refugiados, han ido en estos meses adaptándose a sus nuevas condiciones de vida, “cada uno con sus exigencias y problemáticas como cualquier familia”, pero demostrando “que este proyecto funciona sobre todo a nivel de integración”, explica un portavoz de la Comunidad de San Egidio.

Otra de las historias de esperanza es la de Ruba, que llegó en mayo a Italia con su esposo Fadi y su hijo Markus, de 11 años, y a la que su minusvalía —le falta un brazo— no le ha impedido crear un pequeño taller en su nueva casa en la periferia romana para hacer arreglos de ropa.

Ruba y su familia viven ahora con la ayuda de una parroquia romana, la misma que desde este sábado le será entregada al cardenal Osoro, que acogiendo la invitación del Papa a abrir las puertas a los refugiados, les han reformado un local y construido un apartamento.

Muchos de ellos han conseguido trabajos, cuidando a ancianos y enfermos o familias necesitadas, pero también en la agricultura.

Entre las familias sirias llegadas a Italia, muchas procedían de ambientes rurales y han encontrado una nueva vida repoblando zonas agrícolas de este país que las nuevas generaciones habían abandonado.

“Los agricultores y ganaderos del Veneto (norte) son felices de recibir una mano y el conocimiento de la tierra de estos refugiados sirios”, aseguran desde San Egidio.

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Fuente: www.periodistadigital.com/religion