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Retornan campanas de la Iglesia Compañía de Jesús

Iglesia

 | 16/02/2011

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En el patio de la sede del Congreso en Santiago pueden observarse las reliquias salvadas del trágico incendio de 1863.

El 8 de diciembre de 1863, Santiago vivió una de sus tragedias más grandes cuando más de dos mil personas murieron en el incendio que destruyó por completo Iglesia de la Compañía de Jesús emplazada donde actualmente se encuentra la sede del ex Congreso Nacional, en Santiago. Ciento cuarenta y siete años después, dos de las campanas de la destruida Iglesia volvieron a su lugar de origen y hoy se encuentran en el patio de ese recinto. 

Tras la destrucción del templo, las campanas fueron llevadas por un comerciante británico que las compró como chatarra y las trasladó a Oystermouth, en Gales. Un siglo y medio después, gracias a gestiones de la Cancillería y de la comunidad galesa, retornaron y fueron instaladas en una ceremonia en la que participaron los presidentes del Senado y la Cámara de Diputados. A nombre de la Compañía de Jesús, habló el sacerdote Fernando Montes, S.J. Transcribimos a continuación sus palabras:

REGRESO DE LAS CAMPANAS

Quisiera hablar de tres partidas y de tres regresos.
Hoy regresan a su sitio de origen las campanas de la antigua iglesia de la Compañía.
 
Como escribió Neruda:
“Se sabe que el que vuelve no se fue” (Neruda- Adioses).
 
La campanas tienen un lenguaje simple que todos entendemos porque ellas cantan y lloran. La campana es un símbolo del hombre y la mujer porque nosotros también lloramos y cantamos. Ellas convocan a la oración y a la alegría y despiden al que parte.
 
Una campana tiene siempre un alma religiosa… nos evoca el ritmo de las horas y el pasar del tiempo, nos recuerda que somos pasajeros y por eso nos hace pregustar la eternidad. En la escuela, la campana señaló las horas del recreo – “campanita salva”- y nos volvió a las clases.
 
Nada hay más romántico y evocador que el son de las Campanas
“Se sabe que el que vuelve no se fue”.
 
Estas campanas han guardado en su voz, cuando estaban muy lejos, parte de nuestra historia. Es bueno que las oigamos nuevamente para reencontrar nuestra raíces; se sabe que Ellas repicaron para anunciar la alegría de la victoria de Maipú, y el orgullo de nuestra independencia; ella convocaron a la oración a los fieles de Santiago y ellas guardaron en el ministerio de sus bronces la triste partida de los religiosos de la Compañía de Jesús expulsados de Chile y, por cierto, Ellas rememoran la tragedia del incendio de la Iglesia que enlutó esta ciudad.
        
Hace 147 años estas Campanas, en este lugar, repicaron por última vez llamando a los fieles y después de la tragedia se callaron…
Neruda en su Oda a la Campana caída, se pregunta:
¿Por que cayó aquel día?
¿Que pasó en el metal, en la madera, en el suelo, en el cielo?.. ¿Por qué se doblegó la estrella?
 
Escuchémoslas. Aquí esta nuestra historia. Ella acaba de repetirse en una cárcel.
 
Para un jesuita es impresionante y emocionante estar en este lugar. En esta manzana, en este lugar, por dos siglos tuvimos nuestra casa central, el principal de nuestros colegios, nuestra universidad. Desde aquí contribuimos a crear el alma de esta patria formando a sus mejores hombres. Y en el día de nuestra expulsión, aquí, en este mismo lugar, nos congregaron a todos los jesuitas y, desde aquí, en carretas, partimos a un injusto exilio. Ninguno de los que fueron expulsados pudo volver a Chile. No pudieron volver. Supongo que en la dolorosa distancia soñaban en su patria, nuestra cordillera y hubiesen querido volver a oír el repicar de estas campanas que los despertaban al amanecer y les señalaban la hora de la oración y del descanso. Si ellos no volvieron, estas campanas vuelven a continuar la historia.
 
Si ellos no regresaron, nosotros sus sucesores, otros jesuitas fuimos invitados a volver para reiniciar la obra educativa… pero el Senado de la República, los senadores de entonces que poseían los campos que antes fueron nuestros, nos tuvieron miedo e impidieron el regreso. Ante esta curiosa prohibición, en una solución “a la chilena” el arzobispo de Santiago nos pidió que regresáramos como sacerdotes seculares sin solicitar permiso alguno…y volvimos sin identidad. Fundamos colegios, construimos iglesias, formamos a centenares de ciudadanos , senadores, diputados, presidentes de la república sin tener existencia legal como Compañía de Jesús…sólo, aunque parezca extraño, sólo en 1940, casi un siglo después del regreso, se reconoció nuevamente, en fallo de la Corte Suprema, que estábamos en Chile; que la Compañía de Jesús existía. Por eso es para mí muy significativo que en el mismo lugar donde repicaron por siglos estas campanas, en el lugar desde donde partimos, hoy como jesuita pueda hablar invitado por los Presidentes de nuestro Parlamento que otrora nos negó la posibilidad de regresar. Agradezco con el alma esta invitación. Estas campanas realizan nuevamente el milagro de hacer justicia, de convocarnos a todos sin distinción.
 
Quisiera también hablar de un tercer regreso. Aquí estuvo por más de un siglo el Congreso de la nación y lamentamos que de aquí haya partido. Se puede decir que nosotros los jesuitas regresamos poco a poco…y veo que también el Parlamento va volviendo de a poco a este lugar. Yo espero, como muchos chilenos que, bajo el sonar de estas históricas campanas, el Parlamento de Chile vuelva plenamente a esta manzana, a este lugar donde se encuentra parte del corazón de Chile… y podamos repetir con Neruda “Se sabe que el que vuelve no se fue”… Este es el lugar de los que vuelven para recomenzar una historia, respetuosa del pasado, y llena de promesas de una patria más justa, más fraternal, más solidaria. Nuestra historia ha sido dura, tiene muchas lágrimas guardadas, pero ha enfrentado sus tristezas con grandeza, siempre con un signo de esperanza.
 
Estamos floreciendo y ahora comprendemos que en estas raíces históricas, en el dolor de tantas partidas se explica lo que somos y se fraguó lo mejor de nuestro carácter. Como dice el poeta argentino Francisco Luis Bernárdez:
 
Tengo por bien sufrido
lo sufrido
tengo por bien llorado
lo llorado.
Porque después de todo
he comprobado
que no se goza bien
de lo gozado
sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo
he comprendido
que lo que el árbol
tiene de florido...
vive de lo que tiene sepultado.
 
Aquí está sepultada nuestra historia y desde aquí florecerá porque para todos nosotros este es el lugar de la democracia.
 
Por eso no podemos sino agradecer y gozar del regreso de estas campanas, signo de nuestras raíces, pidiendo al Señor que al volver al lugar donde cayeron y desde donde partieron, puedan repicar nuevamente y producir el reencuentro y abrir un mejor futuro a nuestra patria.