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Editorial. Relato “en construcción”
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La consolidación de un pasado compartido puede ser, pues, la base de un nuevo relato que vincule de manera virtuosa las necesidades sociales con el poder radicado en las instituciones y los liderazgos nacionales.

El nuevo año promete ser importante para el futuro de Chile. Mantienen plena vigencia dos temas que atravesaron el 2011: educación de calidad para todos y el cuestionamiento a la actividad empresarial –como nunca desde el retorno a la democracia– por diversas acusaciones de colusión entre empresas, abusos a consumidores y menoscabos a trabajadores.

El malestar social que hay en nuestro país se nutre de la desigualdad y clama por mayor transparencia, regulación y control de la actividad privada y pública. Hemos alcanzado cierto grado de consenso sobre la necesidad de hacer reformas económicas, tributarias y políticas. Mientras tanto, la caída dramática de la credibilidad y aprecio hacia nuestras instituciones, registrada en las encuestas, es otro indicador de que la sociedad chilena está cuestionando muy a fondo el sistema político, económico y social heredado de la dictadura y mantenido, aunque con  correcciones, los últimos veinte años. ¿Qué nos ha ido llevando a esta nueva “síntesis”?    

Creación artística al servicio de la memoria

Parecería que los chilenos estamos alcanzando un mayor grado de acuerdo  o “relato compartido” sobre lo que nos ocurrió durante el régimen militar y sus consecuencias. Es decir, sobre  los graves delitos contra los derechos humanos por parte del Estado, el atropello a libertades básicas, el costo social de las reformas económicas y el legado de una institucionalidad que sigue restringiendo nuestra democracia. 

Es interesante constatar que esta base común se ha ido alcanzando, sobre todo, a través de expresiones culturales que nos identifican y conmueven. El éxito televisivo de Los archivos del Cardenal (TVN) –destacando la labor de la Vicaríade la Solidaridad– y de las temporadas de Los (años)ochenta (Canal 13) son un buen ejemplo. Se trata de series de televisión que han dado que hablar por su calidad pero, sobre todo, por mostrar con altura una faceta humana de ese trágico período. Pero los ejemplos de la paulatina construcción de un relato compartido son muchos más.

Las expresiones culturales en general –y los libros en particular– se basan, como dice el Premio Nobel turco Ohram Pamuk, en una característica exclusivamente humana y“que nos hace humanos: la compasión hacia los demás. La necesidad de entender a los demás”.

En estas pocas líneas no podemos dar cuenta de la rica y amplia contribución de las artes, el cine documental y de ficción, el teatro, la televisión y la literatura a la construcción del relato nacional. Estas expresiones culturales justamente nos han ido ayudando a ponernos en el lugar de los otros, a mirar nuestro pasado desde distintas perspectivas y sensibilidades. Parecería que una acumulación larga de hechos y su expresión a través de las artes nos hablan de que en nuestro país se está decantando una narración sobre nuestra historia. Y aunque las distintas posturas intentan siempre influir en los elementos establecidos de ese relato en construcción, este parece estar poco a poco consolidándose. Esto inquieta a unos pocos que, sin contar con expresiones culturales que los avalen, insisten en que “la” clave interpretativa para comprender lo que ocurrió después está en el contexto previo al quiebre institucional de Chile en 1973. Sin embargo, cada vez queda menos de la épica autoritaria que justificó lo injustificable. Tanto es así, que quienes la compartieron y apoyaron, hoy se distancian de ella, la callan o niegan.

Estamos, pues, en un momento en que la comprensión de la historia de nuestro país durante la dictadura está paulatinamente cuajando en un relato medianamente consensuado con obvias variantes.

Otras contribuciones al relato

No solo las expresiones culturales han ayudado a ir delineando una narración compartida. La huella que dejó la Iglesia católica con su defensa de los derechos humanos también la ha ido conformando. Lo hemos recordado con motivo del reciente fallecimiento del obispo Jorge Hourton y de su libro Memorias de un obispo superviviente: episcopado y dictadura. También, por el inicio de la causa de beatificación de monseñor Enrique Alvear, llamado con cariño “el obispo de los pobres”, y por los notables avances del mismo proceso en el caso del padre Esteban Gumucio SS.CC. Asimismo, por la acción decidida del cardenal Raúl Silva Henríquez.

Quienes hoy tienen fama de santidad o de heroicidad entre los chilenos, no fueron imparciales en ese momento de la historia y el reconocimiento al papel que jugaron se extiende cada vez más.

También el trabajo de instituciones e instancias que han defendido los derechos humanos y trabajado por buscar la verdad -como las comisiones Rettig y Valech y la Mesa de Diálogo que reunió a uniformados y víctimas- han dado un fuerte impulso a la construcción del relato. Hoy el Museo de la Memoria o las leyes de reparación permiten que nuestro país no tenga una laguna en su memoria.

De cara al país y la sociedad civil

¿Cómo vamos a armonizar esta interpretación? ¿Bastará dejar que fluya? ¿Cómo se le enseñará a los niños y niñas en la escuela? ¿El Ministerio de Educación se inclinará por el eufemismo “régimen militar” o, fiel al relato que se va consolidando en Chile, volverá al calificativo de “dictadura” ya establecido antes del actual  gobierno? ¿Habrá otros retrocesos? ¿Cuál va a ser la forma de integrar las tensiones que la interpretación “canónica” genera en quienes, desde ambos extremos, no se convencen de ella?

Tal vez la memoria compartida sea un aliciente para hacernos responsables de nuestro país. Educar en la memoria nacional a los niños y jóvenes puede ser importante, incluso para las campañas electorales que tendremos este año y el próximo: pueden constituir un impulso para que los jóvenes se comprometan y voten en las elecciones.

La consolidación de un pasado compartido puede ser, pues, la base de un nuevo relato que vincule de manera virtuosa las necesidades sociales con el poder radicado en las instituciones y los liderazgos nacionales. Solo de ese modo se podrá dotar de capacidades a nuestra nación para que avance hacia un mejor desarrollo como sociedad.

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