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República Centroafricana: una guerra interminable, desconocida

sociedad

 | 14/02/2017

Por: Teodora Corral

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Conozco ese silencio, el de después de las balas, ese que precede al relato de las atrocidades, el que elige domicilio en no sé qué desván del alma.

Llevamos dos meses en los que en Bambari se habla a menudo del “personal esencial / personal no esencial”. Nuevas categorías humanas, sorprendentes. Las marcan los especialistas del mundo humanitario. Nosotras formamos parte del “personal no esencial”, del que se puede evacuar en caso de urgencia, cuando arrecian los combates, o los anuncios de combates, cuando la población se queda asustada mientras ve que las ONG se van en los aviones de la ONU y ellos se quedan allí, esperando a que el enemigo ataque, o no ataque. Y mientras unos nos vamos a lugares más confortables, otros, de nuevo con la casa a cuestas, se ponen en camino engrosando las cifras de desplazados-hacinados en campos de ignominia o de muertos en el camino.

En diciembre, el personal no esencial salimos durante un mes de Bambari. Triste, pobre e interminable guerra la de Centroáfrica. Grupos rebeldes que se alían hoy y que mañana deshacen y rehacen alianzas encontrando nuevos enemigos, a la conquista de un terreno rico en diamantes, oro y ganado vacuno. Los bueyes valen más que las personas, los diamantes más que los niños.

A la vuelta encontramos paisajes desolados en algunos pueblos de los alrededores: casas quemadas, miles de desplazados nuevos, gente durmiendo al raso, niños con hambre, así de sencillito se dice “niños con hambre”, mujeres violadas, así de sencillito se dice también... y detalles conmovedores, como el del jefe del pueblo que, habiendo visto triplicada su población y sin ningún tipo de ayuda humanitaria a la vista, reúne a su gente y les dice: “cada vez que volváis de la plantación, aportad un tubérculo para los desplazados de Bakala”. A fuerza de tubérculos se escribe la historia de los esenciales.

Conozco ese silencio, el de después de las balas, ese que precede al relato de las atrocidades, el que elige domicilio en no sé qué desván del alma. Es el silencio que escuchamos cuando les escuchamos contar lo que han vivido: que metieron en una sala a 25 jóvenes y los fusilaron al instante, que les obligaron a enterrarlos en un pozo y como los rebeldes querían terminar pronto la operación, les obligaron a quemar al resto, que no les han dejado enterrar a sus muertos, que vieron a un cerdo cómo comía humanos, que la llevaron a un rincón y la violaron, pero antes de eso dispararon a los pies de su hermano para que los dejara tranquilos, que le pidieron que se acostara con ellos, y ella les dijo que tenía marido pero ellos le dijeron que tenían armas, que mira mi niño duerme no porque tenga sueño, sino porque tiene hambre, que he dejado allí a mi hermano mayor porque no podía andar y he vuelto a verlo; a escondidas entro en el pueblo a las seis de la tarde, cuando es de noche y los rebeldes cenan, y le llevo algo para comer, y luego me vuelvo aquí, que mi marido, al escuchar las armas, cogió otro camino para huir, ahora estamos separados y estoy a punto de dar a luz, que mi hijo ha repudiado a su mujer violada y ahora no sé dónde está, que los Cascos azules vieron todo y no hicieron nada, que quiero que mi hijo vaya a la escuela pero no hay escuela, que dormimos en el suelo, que no pudimos coger nada de nuestras casas y que ahora no tenemos nada... Relatos de la ignominia, del desdoro humano.

Y llega el momento de la reconstrucción, del seguir viviendo.

Ahí estamos, acompañando lo que podemos, sin poder mucho, con muchas preguntas dentro, acogiéndolas sin respuesta, a ratos acariciando dentro los versos del poeta orante, “¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?... lo coronaste de gloria y dignidad” (Salmo 8)... y añorando la deseada dignidad, para todos.

El Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) participa en las misiones de evaluación que OCHA organiza con otras Agencias UN y ONG. Es otra manera de acompañar, servir y defender; queremos que los estragos que esta guerra causa en el sistema educativo sean también conocidos. Podríamos escribir muchas páginas sobre estos estragos. El próximo artículo...

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Teodora Corral. Directora de proyecto Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) Bambari. Fuente: http://es.jrs.net