La relevancia del Primer Concilio Ecuménico en el documento de la Comisión Teológica Internacional.
Volver a Nicea 1700 años después, durante el Jubileo de 2025, significa en primer lugar reencontrarnos como hermanos con todos los cristianos del mundo: la confesión de fe surgida del primer concilio ecuménico es de hecho compartida no solo por las Iglesias orientales, las Iglesias ortodoxas y la Iglesia católica, sino que es también común a las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma. Significa reunirse entre hermanos en torno a lo que es verdaderamente esencial, porque lo que nos une es más fuerte que lo que nos separa: «Juntos, creemos en Dios Uno y Trino, en Cristo verdadero hombre y verdadero Dios, en la salvación en Jesucristo, según las Escrituras leídas en la Iglesia y bajo la moción del Espíritu Santo. Juntos, creemos en la Iglesia, el bautismo, la resurrección de los muertos y la vida eterna». Este es uno de los puntos centrales del documento «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador», publicado por la Comisión Teológica Internacional para la conmemoración de Nicea.
Uno de los objetivos del primer concilio ecuménico fue determinar una fecha común para la celebración de la Pascua, una cuestión controvertida ya en la Iglesia de los primeros siglos: unos la celebraban junto con el Pésah judío, el 14 del mes de Nisán, y otros el domingo siguiente al Pésah judío. Nicea contribuyó a encontrar una fecha común al fijar el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera como fecha para la celebración de la Pascua. La situación cambió en el siglo XVI con la reforma del calendario de Gregorio XIII: las Iglesias de Occidente calculan ahora la fecha según este calendario, mientras que las de Oriente siguen utilizando el calendario juliano utilizado en toda la Iglesia antes de la reforma gregoriana. Pero es significativo y profético que precisamente en el aniversario de Nicea este año todas las Iglesias cristianas celebren la Pascua el mismo día, el domingo 20 de abril. Es un signo y una esperanza para llegar cuanto antes a una fecha aceptada por todos.
Uno de los objetivos del primer concilio ecuménico fue determinar una fecha común para la celebración de la Pascua, una cuestión controvertida ya en la Iglesia de los primeros siglos.
Además del aspecto ecuménico, hay un segundo aspecto que hace tan actual este retorno a Nicea. Ya en la última década del siglo pasado, el entonces cardenal Joseph Ratzinger señalaba como un verdadero desafío para el cristianismo el de un «nuevo arrianismo», es decir, la creciente dificultad para reconocer la divinidad de Jesús tal como se profesa en la fe cristológica de la Iglesia: se le considera un gran hombre, un revolucionario, un maestro excepcional, pero no Dios. Existe, sin embargo, otro riesgo, que también se subraya en el nuevo documento, y es exactamente el espejo y el riesgo opuesto, a saber, el de dificultar la admisión de la plena humanidad de Cristo. Jesús puede experimentar fatiga, sentimientos de tristeza y abandono, así como ira. En efecto, el Hijo ha elegido vivir plenamente nuestra humanidad. En Él, en la humanidad expresada en cada momento, en su dejarse «herir» por la realidad, en su conmoverse ante el sufrimiento de los que encontraba, en su decir sí a las peticiones de los pobres que le pedían ayuda, vemos reflejado en potencia lo que significa ser humano y, al mismo tiempo, vemos reflejado el poder de una divinidad que eligió abajarse y vaciarse para hacernos compañía y salvarnos.
Fuente: www.vaticannews.va/es / Imagen: kpwerker, FreeImages.