No ignoremos que la que ha de ganar es la causa del Reino de Dios, no la nuestra, por muy buenos que podamos llegar a creernos ser. Ya sabes: entrar con la suya, y salir con la de Dios.
Suele estar en el abecedario de todo equipo pastoral, al menos en el ámbito ignaciano. Es la maniobra de aproximación por excelencia. Hacerse pasar por uno de ellos, al menos que te vean inofensivo, cercano, que bajen la guardia. Dialogar con sus intereses, jugar entre líneas. La frase lo recoge muy bien, aunque otra cosa muy distinta es saber ponerla en práctica, porque a veces nos quedamos solo en sus intereses, y nos hacemos un poco como niños, en el peor sentido de la palabra.
Y es en el punto intermedio donde surge la tensión. Porque una vez que uno entra con la de ellos, la tentación pasa por salirse con la nuestra —que es la tuya propia—. Ese es el gran riesgo y donde está la mala comprensión. Porque no se trata ni de engañarles ni de ganar nosotros, pues no consiste para nada en introducir el caballo de Troya. Se trata, más bien, de entrar con la de ellos, y salir con la de Dios, y en la diferencia está el significado. La nuestra es la de Dios, no la propia. Es la causa del Reino la que gana, y por ende ellos, y también todos nosotros.
Una vez que uno entra con la de ellos, la tentación pasa por salirse con la nuestra…
Es un matiz sutil, pero el lenguaje crea realidad, y también nos ayuda a ordenar criterios y prácticas, y a ordenarnos a nosotros mismos. Además, el pastoralista es pastor, no negociante ni político, no lo olvidemos. Pues ojalá que cada vez que la pongamos en práctica no ignoremos que la que ha de ganar es la causa del Reino de Dios, no la nuestra, por muy buenos que podamos llegar a creernos ser. Ya sabes: entrar con la suya, y salir con la de Dios.
Fuente: https://pastoralsj.org / Imagen: Pexels.